viernes, 9 de diciembre de 2011

SICURÍ (cuento 2003)


Publicado en las antologías:
-  "¡A mí qué!", Editorial La Hoguera, 2003, Santa Cruz de la Sierra, Bolivia
-  Revista PEN Bolivia No. 7, (edición bilingüe) Editorial La Hoguera, 2004, Santa Cruz de la Sierra, Bolivia


Sicurí

El tañido de la campana de la embarcación lo sacó de su letargo solo para comprobar que había llegado. Decidió bajarse después de la siguiente curva, exactamente en el mismo lugar donde ocurrió el infausto suceso.

Ningún morador de la zona lo vio llegar. Arribó absolutamente decidido y se instaló en la ribera derecha del gran río procreador de vida y de muerte. Dispuso lentamente su campamento bajo una tibia y persistente lluvia plomiza que a él pareció no importarle. Más tarde, dentro de la pequeña carpa, preparó su cena y se dispuso a dormir temprano. Su misión, como las que cumplían las divinidades de antiguas civilizaciones olvidadas, comenzaría al alba.

El único caserío cercano (aunque el término caserío quizás le quedaba demasiado grande), estaba unos cientos de metros más adelante y fueron unos niños de ese lugar los primeros en descubrir su presencia. Al principio lo observaron a la distancia, con esos inocentes ojos llenos de luna y misterio, pero más tarde tomaron valor para acercarse. Les sonrió (pudo hacerlo, aunque más tarde se asombrara por eso) y jugueteó fugazmente con los cabellos de uno. Se parecían en algo a los de su hijo y a los de la madre de su hijo. Los soltó bruscamente y se alejó tenso hacia su tienda. Los confundidos pequeños no entendieron, no podían entender y no entenderían jamás esa actitud. Esa noche, en su refugio, se mordió los labios hasta sangrar tratando de no llorar.

Los pobladores del lugar se sintieron sorprendidos por su presencia, que aunque algo ajena y distante, parecía inquietar furtivamente el cotidiano devenir de la aldea. Pocas veces algún trashumante se detenía por esos parajes, de los que alguien alguna vez, después de contemplarlos, se arriesgó a escribir que no existían.

Aquellos primeros días se manifestó ante los ojos de los lugareños como un completo desconocido. A nadie se le ocurrió relacionarlo con aquel suceso casi olvidado ocurrido en la curva del río, impactante para algunos y casi cotidiano para otros. Lentamente las memorias de los más venerables ancianos trataron de sondear (y en algunos casos inventar), reminiscencias que les acercaran a ese sujeto. Por un momento, a algunos les pareció recordar que conocían algo de este hombre. Que tal vez era el mismo que residía en un apartado lugar de la selva. El que parecía haber venido de un remoto país del norte. Aquel del que antiguos viajeros contaban increíbles historias. Ese hombre que nunca había tenido pasado.

Era alto y de complexión robusta como los macizos y añosos árboles de la selva y de una edad indefinida. La barba tupida y la piel cobriza ocultaban sus facciones naturales, recias e impenetrables. Su rostro, ajado por el tiempo, mostraba una solemnidad casi patriarcal. Llevaba siempre un machete a la cintura que de rato en rato acariciaba suave e imperceptiblemente, como si lo hiciera en un premeditado descuido.

El ambiente de la selva no le era hostil. Estaba perfectamente acostumbrado a enfrentar los riesgos que presenta la jungla. Había conocido otras que tenían mucha similitud, pero no recordaba cuándo ni en qué lugar. Conocía casi todos sus secretos. Casi todos.

Después del arribo, cuando no estaba vigilante, o recorriendo el río con mirada escudriñadora y sagaz, permanecía grave y callado a su vera. A veces se escuchaba al atardecer la murmurante melodía de una armónica. Era una música lenta y nostálgica que parecía atraer los ancestrales espíritus dormidos del río. Afirman que algunas veces se escuchó su eco al amanecer a varios kilómetros de distancia.

Hace muchos años había tratado insistente y metódicamente de olvidar los motivos que lo trajeron a estos ignotos territorios. Por entonces, dedicaba la mayor parte de cada día a concentrarse en recordar que debía olvidar. El olvido era su única meta, su único objetivo que le permitía pensar que existía un futuro posible. Tanto pensó en el olvido, que un día descubrió que ya no recordaba lo que quería olvidar. Lo había logrado y desde entonces, ya no recuerda su propio pasado.

Así, en las nuevas tierras, llegó un tiempo en el que encontró lo que la cursilería llama un mundo nuevo, diferente. Descubrió el amor puro, verdadero e intenso de la gente sencilla. Como la piel tersa y morena de aquella mujer que lo sumergió en los abismos más profundos del placer, la pasión y la quietud. Aquella piel que eternamente olía a frutas frescas y aguas dulces. La mujer de los labios balbucientes de rumores misteriosos. Aquella amante que llenó sus horas de gorjeos y llanto infantil entre sus brazos. Por la que estaba aquí...

Los primeros días después de su llegada le costó conciliar el sueño. Imágenes turbulentas, aterradoras, confusas, no le permitían dormir. Fue como los días posteriores a aquella... Pero no, eso ya estaba entre las cosas olvidadas. Se propuso "dormir en vigilia" para no caer en el sueño profundo e inescrutable de las fantasías apocalípticas que tanto temía y le habían perseguido constantemente. Pensó que de esa forma estaría presto a cualquier eventualidad. En los siguientes días creyó haberlo logrado, pero poco a poco los sueños tumultuosos y arcanos volvieron noche tras noche. Desde entonces decidió no dormir hasta cumplir su objetivo.

Sólo dos o tres veces había viajado por la zona en estos interminables años. Aquí la vida era lenta y silenciosa, los días más largos y las noches eternas. El bochorno y la humedad interminable mojaban la piel a toda hora. El aire inundaba el ambiente con cambiantes aromas de frutos tropicales. Había un momento del día para cada fragancia: guayabas, papayas, chirimoyas, que se descolgaban tentadoras de los árboles como mujeres púberes. Parecía que bastaba estirar la mano y tomarlas. Porque estas jóvenes no conocían el temor atávico de los pueblos usurpados, pues sus antepasados se relacionaron muy tarde con los blancos. Los conquistadores sólo llegaron hasta las fronteras de la selva y nunca pudieron penetrar el alma verdadera de la jungla. Quizás eso fue lo que demoró la agonía de sus pueblos.

Él no creía en las viejas leyendas que se contaban. Y eso que había escuchado muchas. Siempre las consideró como bolas de nieve que crecen al rodar. (¿Por qué se acordaría de la nieve?). Se creía práctico y realista, los cuentos, fantasías y fábulas prefería dejarlos para los niños y los ancianos. Escuchó leyendas de tigres inmensos que de un solo zarpazo podían romper el cuello al más grande de los mamíferos. Tigres enormes cebados con carne humana. Tigres de mirada suave y profunda. Tigres mitad fiera y mitad humano que merodeaban las aldeas por las noches con ojos brillantes en la oscuridad. Tigres...

También recordó que alguna vez, alguien le contó aterradoras historias de la sicurí. Que la sicurí vive muchos, muchísimos años. Era posible... Algunas son tan grandes que alcanzan los treinta metros de longitud. Era posible... porque en una oportunidad él llegó a ver el cuero curtido que un cazador tenía como trofeo en su casa, allá en el norte y aquel cuero tenía más de veintidós metros de largo por dos y medio de ancho. Aunque al curtirlos se estiran, era posible... Dicen que la sicurí siempre vive en los grandes ríos; que en épocas de crecida se adueña de una laguna, a la que llega por ríos subterráneos; que si se mata la sicurí de una laguna, esta se seca; que se come terneros enteros; que paraliza a su presa con la mirada (como los tigres) y luego la absorbe a la distancia; que se ceba con carne humana, (como los tigres); que lee la mente de las personas; que sus víctimas se reencarnan en ella...

Varias veces le recomendó a su compañera que no viaje al borde de la embarcación. Menos aún con el niño en brazos. Que cuando los remolinos del agua se acercan, allí viene "la madre". Él había logrado evitar los encuentros con "La Madre del Río", como le dicen allá, por el norte, a la anaconda. No lo había hecho por temor, simplemente por la precaución natural de supervivencia en un medio tan hostil como este.

Siempre opinó que hubiera preferido saber con anticipación lo que iba a suceder, y así poder esperar tranquila y serenamente los acontecimientos. La incertidumbre que lo invadía ante el desconocimiento de los hechos futuros, era terrible. Por eso envidiaba a las religiones orientales que esperan la muerte con resignación y mansedumbre, pues saben que inexorablemente debe ocurrir. En cambio nosotros, hemos aprendido a mirar la muerte como algo externo y ajeno, como algo inaccesible e inalcanzable, como inclusive, algo que quizás podemos evitar.

Después de varias semanas de búsqueda llegó aquella madrugada en la que presintió el encuentro y se preparó especialmente en su canoa. Por primera vez en la vida creyó saber con certeza lo que iba a ocurrir: encontraría la sicurí que buscaba y vengaría la muerte de su esposa y de su hijo. Entonces apretó con más fuerza que nunca el machete entre sus manos y esperó. Tuvo un pequeño sobresalto cuando a la distancia vio acercarse el primer remolino, pero rápidamente recobró la calma. Observó cómo aumentaba el número de remolinos, cada vez más cerca y de mayor tamaño. Cuando el último llegue al borde de la balsa será la hora, y desde allí, desde el centro mismo del torbellino, aparecerán las enormes fauces de la bestia.

Pero en ese preciso momento de tensa espera sucedió lo inexplicable, todo aquello que con tanto esfuerzo de años había logrado remitir a la oscuridad del olvido, apareció de pronto diáfano y nítido ante sus ojos. El terrible pasado que había querido sepultar para siempre, retornó transparente y límpido. Pero no tuvo tiempo para detenerse a pensar en él. Con todos los espectros en su mente, enfrentó a la bestia machete en mano; la golpeó con todas sus fuerzas, con las fuerzas desmedidas y sobrehumanas que otorga un odio inmortal, la golpeó con rabia y placer hasta extenuarse y fue entonces cuando lo invadió una paz infinita. Una paz que lo inundó y coexistió con todos los fantasmas de su mente. Una paz perfecta. Y se sintió lánguido, como jamás se había sentido, flotando en un espacio oscuro e interminable.

Jamás pudo explicarse por qué, desde entonces, siente una incontrolable satisfacción al atacar las canoas de los pescadores con sus enormes fauces abiertas.





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