Gilgamesh
“Dios dispuso que
yo, Gilgamesh, reinara en Uruk, tierra ubérrima bendecida por todos los dioses
y rodeada de ríos. Más allá del lejano horizonte viven otros pueblos, con otros
reyes, otros hombres que luchan inútilmente por la gloria y la fama ante los
ojos de los habitantes de la Tierra. Ninguno
de ellos se atreve a pisar mi reino, pues conocen el terrible poder de mi
espada. Con el correr del tiempo sólo una cosa me ha preocupado: el monstruoso y
temible Huwawa que vive en medio del frondoso bosque de cedros y cada año amenaza
mis cosechas. He jurado que algún día él será atravesado por mi lanza y mi
espada y así comenzaré a fundar mi eterna gloria y mi fama. Ya he tomado una
decisión: después que la Luna
se ponga tres veces, partiré con mi fiel amigo Enkidu hasta las profundas
oscuridades del bosque en busca del terrible monstruo.”
“Todos los humanos
tenemos contados nuestros días; todo lo que hacemos se lo lleva el viento. Si
caigo en esta lucha, habré conquistado la eterna gloria y la gente podrá decir:
‘Gilgamesh cayó luchando contra el fiero Huwawa’. ¡Pero eah!, basta ya de
palabras, estimado Enkidu, y preparémonos para la marcha.”
“Cuatro lunas han
pasado, el pueblo nos recibe alborozado pues mi espada, luego de fiera lucha,
acabó con el temible Huwawa. Los honores y agasajos durarán dos lunas más,
antes de que llegue la cosecha. Pero triste quedó Enkidu por no haber podido
hundir su espada en el vientre de Huwawa y no participó de los festejos. Ayer partió
solo y en secreto en busca del terrorífico toro celeste que habita en la
inhóspita meseta cubierta de nubes.”
“Después de tres lunas
las astas del toro colgaron de su cuello. Gloria y fama llenaron su espíritu.
Pero su propia insolencia le ha condenado; ha menospreciado la suplicante
mirada de la diosa Isthar que no aceptó su conducta: una cornada del toro
celeste hendió sus carnes y lo fue desangrando. Lentamente se apagó su aliento
para siempre.”
“¿Por qué los
dioses se lo han llevado? ¡No había otro hombre tan valiente entre los grandes
ríos, ni lo habrá mientras la
Luna y el Sol continúen pasando. ¿De qué vale entonces la
gloria? ¿De qué vale la fama si ya no puede libar el dulce vino que nos brindan
las uvas, ni recibir las tiernas caricias de las bellas mujeres? ¿Para qué la
gloria si el polvo de los huesos no la sentirá? ¡Ya no quiero la fama! ¡Ya no
quiero la gloria! ¡Dioses, dadme la inmortalidad! ¡Hacia allá voy a buscarla!”
“No sé cuánto
tiempo ha pasado ni cuántas veces mi luenga barba tuve que cortar en mi inacabable
e incansable camino. No me amilané ante las eternas nieves de las montañas del
norte, tampoco ante los ardientes desiertos del Poniente o los escarpados
acantilados del Sur, como tampoco me amedrentaron los fieros monstruos de las
selvas del Naciente. Algunos me tomaron por un orate sin rumbo y me propusieron
vivir sólo el momento; trataron de convencerme y me gritaron: ‘¡Estás loco, la
inmortalidad no existe! ’ A veces he pensado ―aunque no quiero hacerlo―, que
existe la posibilidad de que jamás la encuentre… Pero no cejaré en mi esfuerzo,
¡no tiraré a las arenas del desierto los 4600 años que llevo buscándola…!”
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| Un sobrerrelieve con Gilgamesh (a la derecha) con su amigo Enkidu |

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