Mandato divino
con el alma puesta en un objetivo:
hacer cumplir la Ley de Dios al pie de la letra.
Estaba decidido a terminar con la corrupción
dentro de la Iglesia, como correspondía,
a pesar de todos y de todo.
En eso discurrían aquella noche
los pensamientos de Juan Pablo I,
cuando sintió un extraño sabor
en la última copa de su vida.
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