Mick Jagger
leía incrédulo las acusaciones en su contra:
"corruptor de la juventud".
Cerró los ojos un momento y se vio transportado
hasta el banquillo de los condenados.
La pena de muerte debía cumplirse,
en forma inexorable, aquella misma noche.
Entonces preparó el escenario y
eligió su mejor repertorio.
Mientras interpretaba la última canción
y una multitud deliraba,
lentamente bebió la cicuta.

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