martes, 13 de diciembre de 2011

POR UNA MONEDA (cuento inédito)

Posible integrante de mi próximo libro "Las cenizas de América Latina"

Por una moneda
Aquella nublada y fresca mañana salió de su casa dispuesto a caminar, los casi seis quilómetros que lo separaban de la zona céntrica de aquella agresiva ciudad, pensando en que debía conseguir por lo menos cinco pesos para llevarle a su madre a su regreso. Y con ese pensamiento el camino se hizo mucho más liviano. El retorno al atardecer siempre fue más pesado, sobre todo cuando regresaba con andar cansino y los bolsillos vacíos. No le dolía tanto pasar otra noche sin comer, pero le apretujaba el pecho ver cómo los ojos de su madre se aferraban a los desniveles del piso de tierra de su casa, queriendo buscar en las entrañas de la Madre Tierra una explicación para el hambre. Pero no había explicación, o por lo menos ellos no la encontraban.
Quizás si fuera una familia desecha, con un padre borracho, una madre prostituta, más de media docena de hijos, como en las novelas baratas de la televisión, alguien podría encontrar una explicación. Pero este no era el caso. Su padre y su madre se querían, tenían solo dos hijos y se esforzaban en trabajar duro para alcanzar una vida digna. Años de sacrificio y ningún resultado. Por eso el otoño anterior debió abandonar el colegio y salir a la calle a buscar unos centavos.
En otros tiempos mejores se obtenía el doble, pero ahora, con la crisis, las limosnas o las pequeñas tareas que realizaba, tales como abrir la puerta de un taxi o limpiar un espejo retrovisor, solo eran retribuidas con escasos veinte centavos, o tal vez cincuenta.
La mayoría de las veces el pequeño recibía una negativa o un mal gesto de rechazo de los conductores de elegantes vehículos. Otras, una promesa que nunca se cumplía: “En la próxima te doy…” En el mejor de los casos, una pequeña moneda que acariciaba mientras miraba su antiguo y perdido brillo con ojos de esperanza.
Limpiando parabrisas se gana más, pero las mejores esquinas, los mejores lugares donde alguna vez trabajó, se los arrebataron los muchachos mayores a fuerza de golpes y puntapiés. No tienen misericordia con los más pequeños, aprovechan cualquier oportunidad para quitarles el fruto de lo recolectado. Por eso los chiquilines han desarrollado algunos “métodos” para esconder las monedas. Uno de estos consiste en cambiar las monedas de cortes más pequeños en cortes de mayor valor. Un solo “quinto”, como llaman genéricamente a las monedas, es más fácil de esconder que varios y además, al estar solo, no tintinea. Lo mejor es conseguir una moneda de cinco pesos. Es la de mayor valor y la de menor tamaño.
Al principio las escondían en el lugar más íntimo y creyeron inviolable: en sus calzoncillos y apretadas a sus testículos. Eso duró cierto tiempo hasta el día en que, para robarle a su amigo hasta la ropa, cayó al suelo una moneda oculta. Eso le valió una tremenda paliza al pobre Jorgito. A partir de entonces los desnudaban a los pequeños cuando estos alegaban que no habían recolectado ningún “quinto”.
Desde entonces tuvo que agudizar al máximo su astucia. Y fue así que una tarde en que se atragantó con un carozo de durazno, le surgió la brillante idea: se tragaría las monedas, pero no todas; siempre dejaría algunas de poco valor en el bolsillo, porque si los mayores los encontraban sin ninguna, también les pegaban.
Decidió no difundir el secreto de la estratagema, pues pensó correctamente que si descubrían a uno, los descubrirían a todos. Pero primero debió hacer una prueba. Él tenía la costumbre de evacuar sus intestinos a media mañana. Le costó tragar esa vez, pero al día siguiente ya estaba seguro que lo podría hacer y con el correr de los días se acostumbró.
Durante varias semanas el sistema produjo buenos resultados. Nadie sospechó de la triquiñuela. Con frecuencia el grupo de los muchachos mayores le exigía una entrega que él trataba de cumplir, aunque, incluso así, a veces le revisaban la ropa interior, pero nada encontraban. Había triunfado con su estratagema.
Hasta que llegó aquella nublada y fresca mañana… Fue sin duda un descuido, no advertir, al tragar la moneda de cinco pesos, que uno de los muchachos mayores lo había estado observando. Y era uno de los más violentos, aunque no tanto como “El Chacal”, cabeza de la pandilla. De este se contaban muchas tenebrosas historias, algunas de las cuales él mismo se encargaba de difundir, pero ninguna se podía comprobar pues su pasado e infancia se perdían en nebulosos escondrijos de indefinidos parajes.
Quiso escapar, pero no pudo, pues rápidamente entre dos lo tomaron con fuerza. Primero le llovieron los insultos y enseguida recibió una tremenda cachetada.
―¡Escupí la moneda carajo!
―¡No puedo! ¡Ya la tragué!
Entonces vino el despiadado puntapié.
―¡Largala te dije!
―¡No puedo! ―gritó entre sollozos.
―¡Cuélguenlo boca abajo!
La orden no se hizo esperar. Entre dos lo suspendieron de los pies, mientras los demás descargaban su furia a golpes contra el débil cuerpo del niño. Hubo un solo grito y después de eso nadie se percató del silencio de sus labios. Cuando se cansaron de golpear, una masa informe cayó al suelo. El jefe, el Chacal, en un estado de total enajenación, lo volvió a tomar por los pies para estrellarlo ferozmente contra el tronco de un árbol. Algo pareció estallar en el inerme cuerpecito, pero también estallaron las risas de los otros integrantes del grupo.
―No la quiere largar ―sentenció uno de ellos.
―Te apuesto que se la saco ―y soltó la risotada.
Momentos después mostraba con orgullo a los demás su trofeo de cinco pesos en la palma de su mano izquierda, mientras sostenía con la derecha su navaja ensangrentada.
Ninguno en la pandilla se tomó el trabajo de mirar hacia atrás… y la gran ciudad, una vez más en su deambular, no grabó en su memoria la muerte de aquel niño. 

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